Me acuerdo muy bien del día. Fue un mediodía de verano. El sol pegaba fuerte sobre las calles de mi natal Guadalajara, México. Me habían dicho que para encontrar el edificio tenía que tomar el bus urbano (en México le decimos camión) número 629-A, es decir, la ruta A que pasaba por el Centro Magno y luego giraba para salir a la Minerva. Sin embargo yo me tenía que bajar antes de la Minerva.
Así lo hice. El tal edificio se veía más o menos moderno. De esos que están por fuera llenos de espejos. Tenía que subir al 5° piso: Consulado honorario de España en Guadalajara.
Entré, y sólo entrar fue como entrar al cielo: había aire acondicionado (eso que en Alemania conocen como 'dispositivo de clima' = Klimaanlage). Tomé uno de esos papelitos en forma de cuña que tienen un número para indicar cual es tu turno. Curiosamente cuando lo tomé no pude evitar en la sección de embutidos de Aurrerá, una cadena de supermercados en la que también tomas esos papelitos para esperar tu turno y poder pedir el salchichón que vas a llevar en esa ocasión. Salchichón. "No estaría mal ahora una torta de salchichón" pensé. Y en el momento en el que iba a dar una mordida imaginaria a mi torta de salchichón imaginario sonó un pitido que me bajó en un abrir y cerrar de ojos a la realidad: era mi turno.
"Hm, hm". Intenté aclarar mi voz ante la señorita que me miraba con cara de 'qué va a querer, porque tengo prisa'. "Buen día. Disculpe señorita, quería saber como se desarrolla el trámite para solicitar la ciudadanía española según la Ley de Memoria Histórica". Y en ese momento se me fue de nuevo el santo al cielo. 'Ley de Memoria Histórica' resonó suavemente y con eco en mi mente, como en la escena de el 'Último Jedi', en la que Rea escucha su voz multiplicada frente a la pared de cristal, en el hueco que quedó por la lucha entre Kylo y Luk. 'Ley de Memoria Histórica'. A primera instancia, suena como una especie de mandamiento por medio del cual tendrías que saber de memoria todos los libros de historia de tus últimos siete cursos en el bachillerato. 'Ley de Memoria Historica': suena como la peor pesadilla escolar. "Tienes que acordarte de todas las batallas que han tenido lugar en suelo español en los últimos 500 años" me dice mi mente intentando hacer una interpretación libre de dicho título. "Y si no te las sabes, a la guillotina". Entonces me sonrío al pensar en mis estúpidas elucubraciones.
"Cuál es la risa?" me pregunta la señorita algo enfurruñada, regresándome así, de nuevo, al mundo real. "No. De nada importante", digo mientras le requiero que me repita lo último que me ha dicho, porque no lo había entendido muy bien (aunque en realidad no había puesto atención).
-"Que no se puede".
-"Por qué?"
-"Ya se lo he dicho: porque su tatarabuela vino a México con la Proclamación de la República y no con la Dictadura Franquista".
Me disculpo ante ella, le doy las gracias y me voy al lugar más cercano en el que pueda comprar una torta de salchichón. Ya con la barriga más relajada, pude comprobar que en efecto, la Ley de Memoria Histórica sí obliga a alguien a acordarse de algo. España está obligada a acordarse de sus hijos exiliados en ultramar por culpa de un dictador derechista. Como en toda guerra, hubo miles de españoles que decidieron primero abandonar su tierra, a quedar muertos en ella.
Mi tatarabuela fue una de ellas junto con su familia, pero a causa de otra guerra.
Mientras termino los últimos bocados de lo que en mis manos en realidad es una síntesis de mis pensamientos (una mezcla latinoamericana y española), me doy cuenta de que en realidad sí es bueno acordarse. Porque si nos acordamos, podemos mejorar el futuro, para no repetir el pasado.
Lo sé, es una frase ya muy trillada, pero tiene verdad pura sin nada de grasa.
A pesar de que mi resultado no fue satisfactorio, quedé muy satisfecho con el nuevo universo de conocimiento que se me había abierto gracias a una determinada 'ley número barra número'.
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